LA BITÁCORA /JCPG

Durante muchos años, una de mis predilectas aficiones era subir a los tractores que exponían en las ferias de Utiel y de Requena. Era una afición infantil, de esas que se cogen cuando eres niño, va pasando el tiempo, la vas repitiendo y, cuando eres mayor, sigues repitiendo, rememorando, como una especie de ritual pseudoreligioso. Ya no hay estas exposiciones ni en Requena ni en Utiel. Se ha perdido mucho colorido. Mientras uno se subía, siendo niño, al último modelo de John Deere o de Massey Ferguson, el mundo agrario de la comarca se congregaba en torno a esta maquinaria. Allí se hablaba de la necesidad de la lluvia, preferiblemente por la feria de Utiel, para que se hicieran buenas uvas. Se hablaba del artefacto que mejor labraba, de las pegas y virtudes de este o aquel.

Me rindo. No soy capaz de encontrar una imagen de feria de maquinaria en nuestra tierra. Quizás hace muchos años que no se celebran o que ya no despiertan el interés de la gente. Parece que todo nos enfoca al tema gastronómico, a la satisfacción del placer personal y a la exposición al exterior de los buenos que somos elaborando morcillas y haciendo hornazos. Un notable narcisismo que ya fue bien poetizado por Juan Vicente Piqueras: “Narciso lame su espejo como un animal lame su herida”. [J.V. Piqueras (2017), Narciso y ecos. Sevilla. En “Ecos”, página 123]

Bien pensado, hay que ver la distancia que separa estas tertulias a pie de calle, pegadas a los tractores y la maquinaria, de las tertulias y diálogos que hay en algunos medios comarcanos. La ausencia de ideas es tan evidente que terminan en la refinadísima discusión sobre el lugar de una farola. Los tiempos han cambiado. Lo cercano es tan trivial y mezquino como familiar lo que está lejano.

Abuelos charlando en un poyo. Otras veces sentaban sus venerables huesos sobre un tronco viejo y casi podrido. La charla versaba sobre el “mildeo”, la poda o, tal vez, sobre las diferencias de labrar las viñas con mulas y con tractores. Había aquí mucha profundidad. Diríase que se estaba haciendo filosofía, filosofía de la nimiedad, pero de asuntos muy importantes para aquel grupo de viejos. Entonces, alguno de ellos decía: “Marcos se ha dormido”, mientras el otro replicaba: “Se duerme en la punta de un sable”.

Es una obra de Ángel Gil, “El Abuelo”. Está en la población de Mercerreyes, en Burgos. Homenaje a generaciones de antepasados. Corrías con tu bici y allí estaban, te contaban historias, canturreaban añejas canciones y dichos. El poyo era una especie de gran atril donde se exponía en parte una cierta cultura popular. El mundo oral, complaciente con las circunstancias sociales o incluso contestatario. Por primera vez escuché aquí versos de Quevedo. Aún no sabía quién era, pero ya mi abuelo los repetía de cuando en cuando. La boina, nuestra güina, era un objeto siempre propio del abuelo.

Los abuelos del poyo eran hombres del siglo XX, de una época pretérita. Vivieron el cambio de la tracción de sangre a la maquinaria. No podían imaginar el futuro. Contaban las batallas de yayos, las experiencias vividas en la guerra, las carreras por llegar a su pueblo una vez que se rompieron los frentes, las anécdotas de fulano y mengano.

El tiempo hizo bien su trabajo. En esta primavera crecen las amapolas sobre las tumbas de los seres que poblaban aquellos poyos. Quedan algunos, pero ya han dejado de ser ellos mismos. El tiempo ha hecho su trabajo incluso conmigo, que ahora debo acudir a los libros a por otra filosofía, otras lecciones. Cuando les oía en los poyos, podía seguir rumiando aquellas frases, pensándolas después. Acudo a los libros para saber más, y entonces suceden cosas asombrosas. Este cuadro de Parmigianino ejemplifica bien cómo nos sentimos ante una lectura estimulante. Es como cuando leemos un párrafo y, mientras sujetamos el libro para que no se nos caiga, repensamos lo leído, hacemos recuento de lo leído y que no queremos olvidar. En el fondo persiste la inquietante sospecha de que algo muy importante se nos está escapando.

 

Parmigianino, Retrato de un hombre leyendo un libro. Procedente de Parma, este pintor se inició en el mundo pictórico del Renacimiento final, esa etapa que se ha convenido en denominar Manierismo. La obra transmite profunda inquietud, la concordante con una lectura meditada. La intensidad de la mirada y el gesto nos producen una profunda excitación.

 

A fin de cuentas, aquí están diferentes itinerarios de conocimiento del mundo. La oralidad y la lectura. El mundo de los poyos es ya reliquia, objeto de la memoria. Siempre nos quedará la lectura.

En Los Ruices, a 24 de abril de 2019.

»»»»»»»»»»»»»»»»»»»»»»»»» Fuente: iv.revistalocal.es